viernes, 20 de junio de 2014

PREFACIO DE LA NOVELA "AL FINAL DEL TÚNEL" POR SALVADOR HARGUINDEY



E
ncuadraría este relato dentro de la llamada novela psicológica, tal como se calificó la literatura de Hermann Hesse. Como sucede con los libros del gran autor alemán, Al final del túnel contiene y refleja profundas connotaciones filosóficas, que pueden ellas mismas ser calificadas de místicas, abarcando estas a su vez tanto a la intimidad religiosa de Oriente como de Occidente.

Al leer el texto varias cosas me llegaban dentro, hasta el punto de que provocaban en mí la imperiosa necesidad de “rebotarlas” de nuevo, tal vez por la misma desazón que inducían. Casi desde las primeras páginas, lo primero que me vino a la cabeza, o, mejor, me impactó de lleno, es esa terrible constelación familiar que padece el destino del héroe iniciático de la novela, de nombre Juan, y que mi mente asoció automáticamente a esa otra diabólica constelación familiar que relata la, para mí al menos, novela más impactante –mejor nunca decir que es la mejor, ni nunca digas nunca jamás– que he leído y que más me ha impresionado en mi vida: “Los Hermanos Karamazov” del gran escritor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Al final del túnel expresa y provoca una enorme cantidad de sensaciones, a veces encontradas, que van desde la desesperación más profunda al éxtasis místico, llegando a hacernos sentir todo el mal y, al mismo tiempo, todo el bien que inunda la vida entera, ya la observemos en su superficie o la experimentemos en su más inimaginable hondura, como sucede a lo largo de este relato. Pero si hay algo original y poco corriente es el hecho de que la sanación de Juan tiene su origen en sus peores pesadillas y experiencias, en el hecho de que mientras nuestra sociedad y sus cárceles están llenas de enfermos psicológicos, desde neuróticos a abiertamente psicóticos, imperiosamente necesitados de una ayuda que no les llega -probablemente porque la penosa situación de la psiquiatría oficial no se lo permite, ya sea por ignorancia o por incapacidad-, Juan es capaz de iniciar en él una transformación, gracias a la interpretación de las imágenes, símbolos y ensoñaciones que provienen de su mundo interior, por un lado, y de la asimilación e integración de sus propias experiencias biográficas, por el otro.
 

Asimismo, a Juan le sirve de gran ayuda su profundo conocimiento de la psicología analítica y el gran aprendizaje y proceso de culturización espiritual que le proporcionan sus lecturas religiosas y simbólicas. Pero su viaje no es fácil, muchos caen para siempre en su arduo camino (ejemplo relativamente reciente: F. Nietszche), y solamente unos pocos se salvan, ya sea porque es su destino, por aquello que decía Hölderlin de que el genio se salva en las mismas aguas que el loco se ahoga, o por esa “aparente injusticia” de que algunas personas en situaciones límite o de profundo caos tienen el potencial de acceder a esos casi desconocidos, pero muy reales, y más que nada, verdaderos, estadios superiores de la conciencia –también llamados transpersonales, e incluso místicos– que les posibilitan en un momento determinado zafarse de problemas que a la mayoría hubiesen destruido. Ese sendero ascendente pero enormemente pedregoso les permite acceder a una posición y estadio supralaberínticos de sus conciencias, a la vez que son capaces de desarrollar una capacidad de convertirse en testigos de sí mismos. Esto a su vez lleva a esos seres tan especiales a verse desde fuera de sí mismos, saliendo a nado, no sin dificultades inimaginables, de las aguas movedizas que estaban a punto de tragarlos y enterrarlos vivos.

Adivino, por la autocuración que Juan ejerce sobre sí mismo, la benigna mano de ese guía que para él  parece ser el psicólogo Carl Gustav Jung. Esto hace comprender mejor que, a pesar de que en ocasiones el mismo personaje central y héroe iniciático de esta trama no parece distinguir, de hecho  sí lo distingue, o de lo contrario hubiese enloquecido, lo que es real de lo imaginal o imaginario. Algunos pensarían que este estado de confusión constituye un signo definitorio de psicopatía, pero Juan es incluso capaz de relegar dicha distinción a un segundo plano, superando todo dualismo y colocando su conciencia muy por encima del nivel de su propio conflicto. Y es que evolucionar ascendentemente hasta saltar a un nuevo estadio de conciencia es una tarea solo accesible a unos pocos elegidos y héroes del espíritu.  Un estadio que  les salva y que nos recuerda a aquel dicho einsteniano de que ningún problema se resuelve al mismo nivel en que se originó.

Casi no me atrevo (aunque reconozco que lo he hecho tímidamente) a preguntarle al autor cuánto de esta novela es autobiográfico. Es más, creo que no quiero saberlo, y hasta le aconsejo que nunca lo revele, ni siquiera a otros en el mismo camino de iniciación que él. Aunque, en realidad, el único secreto que es ético, es lo que conozco como “secreto natural”, es decir, una forma de expresar ciertas cosas que sólo llega a ser comprendida por aquellos que hablen ese mismo idioma, el de una hermandad de iniciados, lo cual, a su vez, denosta todas esas sociedades secretas disfrazadas de una espiritualidad mal entendida o falseada, lo que las convierte en peligrosas sectas merced a una “luciferianda” soberbia espiritual, que es la peor de todas. En cambio, ellos, los verdaderos iniciados, son los que, o bien ya han recorrido ese empinado y doloroso camino circular descendente-ascendente que va desde la brutal caída a un dantesco Infierno de la mente y/o el cuerpo, al ascenso final al Empíreo del gran poeta florentino, o  están subiéndolo en estos momentos. 

Pero nadie puede remontar ese extraordinariamente difícil camino de retorno solo, es decir, únicamente con sus propias fuerzas.  En otras palabras, ni Ulises hubiese podido volver a Ítaca sin ayuda externa o interna, ni Fausto salvarse sin la angelical Margarita, ni Dante salir del Infierno sin Virgilio, ni finalmente entrar en el Paraíso sin la intervención ante la Divinidad de su musa Beatriz… Ni en el relato que nos concierne aquí y ahora, Juan hubiera podido salir de su túnel sin su ángel de la guarda, llamada, no por casualidad, Isis. Todo esto significa que la misma lección se repite una y otra vez, y es una lección épica, y sobre todo, muy importante: sólo con nuestras fuerzas conscientes, no somos nada, pero, al mismo tiempo, algo, una voz interior tal vez, nos permite comprender que nunca estamos solos. Además no sabremos hasta el final del viaje si este ha valido la pena; digamos mejor las penas,  porque estas son las del mismo Infierno. Un Infierno muy dentro del ser humano que es el único real y verdadero, porque no hay otro. Lo que nos permite comprender la profundidad de aquellas dos célebres frases de Dostoievski: “Si en el Infierno existiese un castigo físico, sería un alivio”, y “Si Dios no existiese todo estaría permitido”.

Salvador Harguindey acaba de publicar su última novela, titulada Una Conversación en el Cielo, que recomendamos a todos los lectores de nuestros blogs. 

Salvador Harguindey es licenciado en Medicina y Cirugía por la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra y Doctor en Medicina por la Universidad del País Vasco.

Especialista en Oncología Médica y Endocrinología. Fue médico Residente en el Royal Infirmary Hospital de la Universidad de Edimburgo, Escocia, y Research Fellow en el Departamento de Endocrinología del Eugene Taldmage Memorial Hospital de Augusta, Georgia, EEUU. Trabajó durante cinco años en los Departamentos de Oncología del Roswell Park Memorial Institute de Búfalo, Nueva York, donde fue asociado de investigación clínica y profesor asistente de medicina de la universidad de Búfalo.

Actualmente ejerce la Oncología Médica y es investigador en Oncología y Enfermedades Neurodeegenerativas. Ha sido miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York, de la Sociedad Americana de Oncología Clínica, y sigue siendo miembro activo de la Sociedad Europea de Medicina Oncológica y de la Sociedad Española de Investigación en Cáncer (ASEICA). Recientemente ha sido nombrado Vicepresidente de la International Society of Proton Dynamics of Cancer (www.ispdc.eu).

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